En busca del director ideal para el siglo XXI
Jesús Ruiz Mantilla, 17
Mayo 2016.
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Kahchun
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Wong (Singapur) gana el concurso Mahler, la competición más
importante de dirección de orquesta.
El director del siglo XXI
debe irradiar un doble carisma —hacia el público y hacia los
músicos—, dominio de su propio tiempo, rigor y compromiso musical.
Pero más que de Alemania, Italia, Francia o Reino Unido, donde la
tradición hizo proliferar esa figura de médium con batuta en los
siglos pasados, probablemente llegue de un rincón de América Latina
o surja entre las masificadas poblaciones de Asia…
También de Europa del
Este, el único lugar con tradición en el campo que resiste el
tremendo embate de talento llegado de los extremos. Es lo que ha
dejado patente la
última edición del Concurso Mahler – cuyos organizadores
invitaron a este periódico-, el más prestigioso últimamente entre
los aspirantes a directores de orquesta de todo el mundo, cuya
primera edición ganó en 2003 el hoy más que consagrado Gustavo
Dudamel (Venezuela).
Kah
Chun Wong, 30 años, nacido en Singapur, acaba de triunfar en la
última edición del mismo, celebrado en Bamberg (Alemania) esta
pasada semana.
“Un buen director ante todo debe tener buen
corazón, ser buena persona”, comentaba minutos antes de ser
proclamado vencedor.
Él lo demostró con creces extrayendo esa sima
de profundidad sonora que caracteriza a la Sinfónica de Bamberg con
la Tercera
de Mahler dentro del repertorio obligado.
“Una de las
características más influyentes a la hora de decidir el ganador es
precisamente su visión de estas piezas. Nuestra orquesta lleva a
Mahler en su ADN. Lo dominan, incluso, los músicos que están en la
raíz de esta orquesta, estrenaron su Séptima
sinfonía. Si aun así, alguien joven es capaz de aportar un sello,
un estilo distinto, nos encontramos ante un potencial gran director.
Wong lo hizo”, comenta Marcus Rudolf Axt, intendente de la
orquesta y miembro de un jurado.
Lo componen figuras
de primer nivel, directores como el británico Neville Marriner,
el checo Jiri Belohlávek o la estadounidense Barbara Hannigan, entre
otros, que acompañan dentro del mismo a Marina Mahler, nieta del
compositor.
“Para estos chicos, empezar con la música de mi
abuelo interpretada por una orquesta así supone una prueba de
fuego”, asegura la descendiente.
Es algo que corrobora
Jonathan Nott, director titular en Bamberg desde hace 16 años,
impulsor del concurso. “Después de ver casi 400 vídeos de
aspirantes, a quien seleccionas entre todos ellos es a aquel que te
intriga”.
Nott puso en marcha la competición en 2003.
“La
orquesta de Bamberg es embajadora de Alemania en el mundo, viaja a
todas partes, pero eso hace que dentro del entorno musical nuestra
ciudad quede un tanto ajena al circuito, así que buscábamos atraer
al mundo musical hacia aquí”, asegura.
Y merece la pena
inmiscuirse en esta pequeña ciudad bávara, con 70.000 habitantes,
donde Hegel pasó algunos años y fabrican una cerveza ahumada ideal
para digerir sus espárragos, ahora en plena temporada.
Una ciudad
asombrosamente melómana incluso para Alemania: “El 10% de sus
habitantes están abonados a la orquesta, algo fuera de lo común no
ya a nivel mundial, sino a nivel nacional, donde los porcentajes de
fieles seguidores a sus orquestas se mueven entre el 3 o el 4% de sus
poblaciones”, añaden Nott y Axt.
Allí aterrizaron a
principios de mayo los 14 participantes de esta edición: cuatro
provenientes de Asia (China, Japón, Corea del Sur y Singapur), cinco
de Europa del Este (Rusia, Rumanía y Polonia), dos latinoamericanos
(Chile y Venezuela), un alemán, una holandesa y un estadounidense,
pero de origen chino.
Dos rusos, Valentin
Uryupin y Sergey Neller, pasaron a la final junto a Kah Chun Wong.
El
asiático los derrotó en los detalles.
La prueba consiste en un
ensayo de diferentes piezas. Wong dedicó tiempo a repasar y a
construir su discurso del todo mediante una esmerada puesta a punto
de cada partícula. “Además, disfrutaba, sonreía. Y ese placer
resultaba contagioso para el público”, añade el intendente. Y
otra cosa. “Domina la técnica, una carencia que me ha
sorprendido en otros participantes y resulta básica”, añade
Belohlávek.
una sensibilidad natural, nada afectada, hacia su relación con el
tiempo. Es lo que define en gran parte a un líder vivaz, meticuloso
y también jovial, como Nott. “Para ser un gran director debes
ser algo así como un herrero del tiempo. No solo midiéndolo, sino
diseñando la arquitectura de cada pieza con arreglo a esa
característica, debes ser capaz de sostenerlo entre las manos para
después dibujar la línea, la dinámica y el color con ellas y sin
que necesites abrir la boca”, piensa Nott.

