General,

La violación, arma de guerra birmana contra los rohingya

10 Marzo 2017


Sayeda Begam, de 25 años, acababa de presenciar cómo disparos de los militares birmanos mataban en el acto a su marido. “Lo vi desde la ventana, pero no podía dejar a mis hijos solos en la casa”, musita mientras los tres críos, de cinco, dos y un año, dormitan en la esterilla que recubre el precario suelo de adobe de su nueva vivienda, en el campo de refugiados rohingya de Balikhali, en Bangladesh.

El aplastante calor es amplificado por los plásticos que recubren, como gigantes bolsas de basura, las raquíticas varas de bambú que entretejen muros ficticios. Envuelta en su abaya negra, la viuda rohingya no parece sentir calor ni frío. “Los bebés comenzaron a llorar, y regresé a la cama hasta que se durmieron. Eran las 04.00 de la mañana. Entonces entraron dos uniformados. Uno se quedó en la puerta, mientras el otro se acercó a mí. Forcejeamos, grité y empezó a golpearme. Mi hijo mayor empezó a llorar y a él también le pegaron, y de pronto quedó en silencio, a mi lado, en la cama: pensé que se había dormido”, relata la mujer. “Aquel hombre comenzó a violarme, y al rato perdí la consciencia. No sé cuántos abusaron de mí aquel día”.Cuando los militares y policías se marcharon, las vecinas fueron quienes asistieron a Sayeda, ayudándola a volver en sí. “Yo me sentía sin fuerzas, sin concentración. Mi hijo mayor se volvió a mí y me dijo: ‘Yo me hice el dormido, pero lo ví todo. ¿Por qué nos hizo eso la Policía?”. Le pregunto si los uniformados decían algo durante el asalto sexual, y su mirada se endurece aún más. “Me decían que Birmania no es nuestro país, que somos bangladeshíes. Que nos debemos marchar, y si no, nos matarán y nos violarán”.